Escribir es la forma imperiosa tratar lo invivible, pero también una actitud gestual, una gimnasia, algo que va más allá del sentido, para ser ritmo, golpes de tambor, juegos en el espacio, manía desatada o herramienta, a todo se echa mano en ese trance donde nada parece suficiente. Hasta que un día algo afloja, algo cae, la hoja se desprende llevándose un pedazo de nosotros, de nuestra historia. Este estrago vivido, el absurdo sostenido, es mi potencia, dice Gabriela Aristegui. Quizás sea eso, siempre hay que hacer un duelo, separarse de algo para asumir el propio poder, para seguir viviendo y, en casos como éste, para volver a escribir otra vez.
Mario Nosotti
Gaba Aristegui registra en estos poemas el ritmo del dolor, del placer y de la esperanza. La escritura se abre y se cierra, se mueve en la página, late, se apresura, se aglutina. Se confunde erótica o se quiebra, desconsolada. Pese a todo, aparecen ciertas piedras de toque, o de fundamento, para la reconstrucción: escribir, esperar y creer. ¿En qué? En la alquimia de la propia escritura, en la revelación de sus sentidos, en el aire que esas iluminaciones generan. “¿Podré vivir en el aire del a-mar?”. La delicada confección de la pregunta, la separación del verbo amar que se vuelve marino, viento y ola, otro paisaje, la inmensidad de la playa, responde. Del yo duelo al yo vuelo: “Entonces ubico una letra / Pequeña escritura del poema”. Del estrago como forma de la ruptura en la poesía: es esta metamorfosis la que levanta vuelo. Y es bella.
Karina Macció








