En esta nouvelle, Augusto Munaro nos alucina con escenas del rodaje de un film que comenzó en un tiempo remoto bajo la mirada tiránica, obsesiva y delirante de su productor. Para Perkins nada debe terminar de resolverse de un modo definitivo porque sin la incertidumbre la vida sería insoportable. Sus infinitas indicaciones apuntan a que cada escena quede inconclusa, o tenga que volver a filmarse, única forma de esquivar el gran Fin. No hay bordes en esta escenografía delirante, todo muta, la crónica de un narrador se desliza en la de otro que toma la palabra y cambia la dirección del relato. Una esfinge de cristal marcada por el labial del beso de una muchacha que tuvo que escalarla para alcanzar su boca, banaliza el enigma de su imagen exponiéndola a la rasa curiosidad de los turistas y de otros sujetos estrafalarios que pagan por verla. La denigración y la idealización van de la mano en la concepción patriarcal del amor. Dentro de esta barroca confusión alguien parece obrar como un eje alrededor de lo que todo gira. Se trata de Lorena, una muchacha, encontrada, pensada y soñada por Perkins, el director, y por Gus, uno de los narradores. Lorena se retoba, no se somete a la exigencia insaciable de quien la sueña en su película. Ella es la única que podrá descolocar al director de su pedestal, la única que pondrá fin –ese Fin tan temido– a la pesadilla de un relato infinito.
Dolores Etchecopar








