El mundo de Todos los hombres caen es de una naturaleza que reclama su lugar, que se rebela contra la barbarie civilizada que pretende ser el orden. Eso no solo no es suficiente, sino que está devastado, agrietado, roto. Los hombres caen por peso propio, porque se están transformando, ahora son más pez, lobo o ciervo, precipicio o torre. Caen porque ya no tienen palabra o metáfora, porque el amor es una cacería, porque lo que podía ser un padre (un ¿dios?) ha muerto olvidando quién era. Mauricio Dreiling nos lleva al borde del abismo, entre nieve y bruma, con versos que se deshacen en la hoja, con un ritmo preciso que ante todo nos muestra la caída, que la escritura es extrañamente incómoda y necesaria para vivir.
Karina Macció








