Niño lobo es una historia hecha de fragmentos, un rompecabezas incompleto. Los retazos del relato asoman como huesos dislocados, como astillas esparcidas en el pasto, entre juguetes.
Cada escena instala preguntas que se adentran en la carne. ¿Qué vida se crea cuando se crea una vida? ¿Cuánto de natural tiene la existencia? ¿Cómo se reconstruye una memoria?
El amor está ahí, pero siempre lejos de uno, a una distancia prudencial, escribe Belén, y define la maternidad, desplazando los términos de esa distancia de rescate de la que habla Schweblin. Ver la propia sangre en otro cuerpo es, también, algo monstruoso.
Lo que se dice y lo que se calla deviene llaga en la lengua. Quién sabe en qué alfabetos conversaremos, dirá la voz que narra. Porque el deseo es otro lenguaje imposible de traducir.
Washington Atencio





