Aprender de la noche es mirar el patio cuando está verde, lamer su negritud, escribir con el cuerpo entero. Creer y olvidar que el atardecer está hecho para dar calma a los amantes. Creer, olvidar y volver a acordarse de que el tiempo es el pulso de la memoria, transcurre en jardines, late en visiones y audiciones, con las que el lenguaje nos obliga a estabilizar nuestro propio texto.
El lenguaje es el vestido y la persona que lo viste; cuando es tormenta, es el rayo y en la materialidad del escombro da comprobación poética a leyes elementales: nada se pierde, todo se transforma. Aunque se narra una existencia, toma el riesgo de la poesía porque la historia que cuenta no puede ser dicha de otra manera. En la música de la lengua, la forma y el fondo son la misma cosa. La experiencia de existir es fragmentaria, solo se puede escribir en verso.
Aprender de la noche es un debate íntimo sobre una idea de verdad que se produce mientras se escribe. Un libro en el que es posible creer. Aprender de la noche enseña que el tiempo viaja vestido de jardín a través de una tormenta de escombros.
Enrique Troncoso
La noche es eso que contemplamos siempre con falta de palabras, pero buscándolas. Lo oscuro que se vuelve el adentro más íntimo, la caja de Pandora que no cesa de sorprender, los sueños indescifrables que nos hablan remotamente, el país de las maravillas perdido, esa lengua de gestos, y caricias, que de pronto emerge como un rayo en la oscuridad. Ahí estos poemas arremeten fogosos, intermitentes o titilantes como las estrellas. Cumplen su promesa: leerlos nos envuelve, nos hace sentirnos más, comprender que la noche, insomne o prodigiosa, trae la luz.
Karina Macció






