A un siglo y medio de distancia, la Comuna de París —recordada como un episodio hecho a partes iguales de alegría e ingenuidad, de altivez y envanecimiento— atesora, sin embargo, en el pliegue que introduce en la linealidad histórica, una invocación: a su modo, fue más —y otra cosa— que una sublevación. Y, en más de un aspecto, Arthur Rimbaud, su correlato poético.
Perteneciente al infrecuente grupo de libros que exploran, en su propio desarrollo, la ley que los rige, El trabajo de Rimbaud puede ser, por momentos, un informe de lectura, un diario, un estudio narratológico o incluso una novela. Pero lo decisivo es la búsqueda de una justeza posicional capaz de dar con su objeto esquivo.
Ezequiel Alemian parte del Diccionario de la Comuna de Bernard Noël —escrito bajo la premisa de que su modo de composición “desmonte el mismo relato que lo alimenta”, negando así la Historia como un monumento acabado— para abrir un campo en que la mezcla de los géneros propicia —no la captura, sino la productividad— de esa irrupción fulgurante que se sustrae y que no tenemos más remedio que aludir con el nombre de Rimbaud.







