Lacan denostó la contratransferencia durante años, aunque a veces con ciertos matices que iremos viendo. No fue tan uniforme como aparece habitualmente. La denostó durante años hasta que un buen día, casi por casualidad, descubrió en las prodigiosas confidencias ―como dice en el seminario de La angustia― de una analista mujer, Lucy Tower, que ahí se revelaban, no solo un uso interesante de la contratransferencia, sino que también le permitía avanzar sobre bases sólidas en dos asuntos en los que venía trabajando. Esos dos asuntos, ustedes saben, son el cuestionamiento de la posición de Freud acerca del fin de análisis y, especialmente a dónde me gustaría ir rumbeando, la formulación de la función deseo del analista.







